Como cuando éramos niños


Cierro mis ojos y observo la vida, la veo brillante,

como luces radiantes que están en todo y en todos

todo está lleno de vida.

Siento que mis ojos se tornan brillantes,

como el brillo de los ojos de los niños.

Un niño brilla cuando puede ver o sentir todo lo mágico de la vida,

la mayoría han visto a los seres de la naturaleza.


Poder ver la vida y sentirla

abre las puertas de la comunicación,

en ese estado la comunicación fluye

de manera natural,

sin esfuerzos,

sin protocolos,

simplemente sucede

porque todos somos parte de la vida,

no estamos separados de ella,

somos ella misma,

somos uno solo con las demás partes de la vida

y cada parte de la vida y yo somos uno.


Lo que siente cada parte de la vida,

cada animal, cada planta, cada piedra,

me interesa, somos iguales.

En este estado puedo sentir con total claridad

que ninguna expresión de la vida es más importante que otra.

Lo que ocurre en el brazo de una pequeña tortuga

es tan importante como lo que me pasa a mí,

es más, siento como si me pasara a mí,

y de hecho me está pasando,

porque no hay separación,

porque con esta pequeña tortuga somos una

y puedo sentir su sufrimiento, su dolor, su tristeza, su angustia.


Y mi atención puede posarse en un pájaro

y sentirlo,

sentir hacia dónde va,

sentir como tiene encendido el radar de su corazón

para encontrase con su pareja

que calienta sus huevitos

con la esperanza de que nazcan polluelos.


Y este pájaro va allí a buscar a su familia

y puedo sentir como lleva algo en su pico

para reemplazar unas pajitas que se le han caído al nido

y siento que está realmente interesado en que ese nido sea suficientemente fuerte.

Siento su gusto de hacer parte de la danza de la vida,

la ilusión de verse con su pajarita amada,

el amor que siente por ella y como brillan su corazón y su alma.


La mayoría de los humanos nos creemos diferentes,

nos sentimos diferentes de los demás animales

y esa separación hace que no podamos percibirlos como realmente son,

y si a esto le sumamos que nos sentimos superiores a ellos,

la separación se hace mucho mayor,

es por esto que solo percibimos sus cuerpos en movimiento,

por eso nos limitamos a los sentidos físicos,

nos sentimos solos,

aunque la vida esté siempre alrededor,

en un bosque, en un lago, en un desierto...

Esta soledad, esta separación nos llena de un falso poder

que refuerza esa separación,

creernos más que los otros,

buscar ser más, ser mejor,

como en una sutil pero penetrante competencia

de todos contra todos,

de los humanos contra las demás especies

y de cada uno contra sí mismo.


No es de extrañar que todavía tantos humanos

muestren desinterés en sentirse uno con la vida,

en sentir a los animales no humanos y comunicarse con ellos.

El camino de regreso es derrumbar esas barreras,

permitir que nuestro ego se desinfla

y sentir la verdadera dimensión que tenemos y que somos...

hasta que sintamos que no somos más que el árbol...

que no somos más que el pequeño insecto,

que no somos más que ninguna especie sobre la tierra,

que somos iguales,

que somos lo mismo,

expresiones y manifestaciones de la vida...

que al experimentar como humanos buscamos hacernos cargo de la separación

y romper el espejismo

para volver a ver la vida,

para volver a sentirla,

para volver a darnos cuenta

de que todos somos uno

y para que nuestros ojos vuelvan a brillar,

como cuando éramos niños.